Alejandro Ramírez

“Soy el fundador de Mariscos Las Islitas y de Mariscos Las Islas Marías, aquí en Los Ángeles, California. Soy originario de Ixtlán del Río, de Nayarit. Nos movimos a Tepic cuando yo tenía diecisiete años, mi papá se movió con toda la familia. Mi papá tuvo una suerte de que se ganó un bono del ahorro nacional, en aquel tiempo cincuenta mil pesos. Eso le alcanzó para comprar un terreno en Tepic y pues decidió moverse, pensó que le iba a ir mejor. Hijos de mi madre somos ocho hombres y cinco mujeres. El oficio que mi padre nos enseñó fue la alfarería, a hacer lozas de barro, cazuelas, ollas, tinajas, cántaros y todo lo de barro. Eso fue a lo que me dediqué hasta que me vine para acá. Estuvimos un tiempecito ahí, pero cuando yo cumplí dieciocho años ya estaba acá, en Estados Unidos. Empezaba a estudiar la Normal Abierta que se usaba en ese entonces, era lo que se podía estudiar para costeármela yo solo, no había suficiente dinero para estudiar otra cosa. Tomé la decisión de venirme porque la situación era muy mala en la casa, mi papá tomaba mucho y pues no teníamos muy buena vida con él. Ya borracho llegaba y nos golpeaba a todos, incluso a mi madre también la golpeaba. Tomé la decisión de venirme, según yo con la intención de salvar a la familia. Mucho me sirvió de apoyo mi madre, jugó un papel importante en todo lo que yo he hecho. Gracias a Dios conté con ella, ya murió pero pienso que fue la mejor. Saber que tenía alguien que me quería y apoyaba incondicionalmente fue de mucha ayuda, gracias a ella soy la persona que soy. Yo no tuve otro motivo para salir adelante más que el sufrimiento que tenían en casa mi madre y mis hermanos, el hambre de sacarlos de la situación en la que yo crecí fue lo que me hizo. Gracias a Dios se me dieron las cosas y pude hacer mucho por mi familia. Esto que yo inicié aquí en Estados Unidos de los mariscos, a esto mismo se dedican mis hermanos. Tenemos restaurantes en todo lo largo del país. Esto se inició ya cuando yo tenía unos diez años de haber llegado aquí, fue cuando tomé la decisión de empezar a vender mariscos. Cuando me vine, mi hermana la más grande y otro hermano estaban ya casados en Estados Unidos. Se vinieron otros dos hermanos conmigo y estábamos viviendo con mi hermano. Yo trabajé en una fundidora de rines para carros, mi hermano era mayordomo de ese lugar. Me consiguió trabajo barriendo y haciendo cualquier cosa, no tenía experiencia de nada. Ya luego él me enseñó el oficio de los rines, entonces le decía que me consiguiera un aumento. Ya hacía lo mismo que hacían los operadores, pero mi hermano nunca quiso que me superara. Resulta que mi hermano también nos quería golpear igual que mi papá, decía que porque era el más grande nos podía pegar cuando quisiera. Entonces le busqué por otro lado, yo de eso andaba huyendo. Me salí a la calle, anduve durmiendo acostado en un cartón y tapado con otro. Le batallé un poco y ya luego pude rentar algo y sacar a mis hermanos también. Me fui a otra compañía de lo mismo, otra fundidora. Me fui yendo hasta que me abrí camino en esa compañía y llegué a ser el superintendente. La vida me fue dando oportunidades, para mi edad era muy joven para tener el puesto que tenía y ganar lo que ganaba. Hace treinta y dos años ganaba más de mil dólares por semana, rápido me trasladaron a la fábrica de Texas. En la fábrica cumplí años, y para festejarme hice un ceviche porque iba a trabajar, hice bastante para compartirlo con mis compañeros de trabajo. Todo mundo quedó encantado del ceviche, con mi hermana la más grande me enseñé a hacerlo. Para pronto se hicieron coperacha y empecé a llevarles a la otra semana y a la otra, hasta que me cansé. Me convencieron de llevar para vender una vez a la semana, vendí a dólar la tostada. El día de paga llegaba porque no quería fiarles, hacía un balde de plástico grande y llegaba una hora antes de entrar a trabajar, en una hora me lo acababa. Me enseñé bien y me dieron la oportunidad, yo no me hubiera salido de esa compañía pero hubo algo que cambió todo. Yo era el que agarraba el personal para la fundidora; un día llegó un paisano de Nayarit, yo mismo le mostré la planta y le hice la entrevista. Le pedí al jefe de personal que le diera lo que necesitara para empezar; el jefe era un texano racista, me dijo que no quería más mexicanos en la empresa. Creo que era un problema que él tenía conmigo, no le parecía que un mexicano sin papeles y con inglés malo tuviera un puesto a su altura. Yo le ayudé, me quité los guantes, me quité el casco y se los aventé, renuncié y me salí de la fábrica. Para ese tiempo ya había comprado mi primera casa, desgraciadamente tuve que venderla. Tenía un carro deportivo muy bonito y muy todo. Con lo que me sobró de dinero regresé a California y busqué una lonchera para vender comida, tuve que vender mi Trans Am también. Como pude compré la lonchera y ahí empezamos a vender mariscos. Como no sabía mucho de mariscos, me traje a una persona de Tepic, un amigo mío con el que yo iba a comer a su puesto, tenía una carretita. Vino y se trajo a su familia, él fue el que nos enseñó a mí y a mis hermanos, yo lo único que sabía hacer era el ceviche. El primer año fue muy difícil. Hubo días que todo lo que quedaba lo teníamos que tirar, otros que vendía cinco dólares, para dar risa. En esa misma marqueta llegamos a vender doce mil dólares en un día. Empecé a repartir lo que quedaba a la gente que vivía cerca para que lo probara, empecé a llevar a talleres mecánicos, a talleres de laminado y pintura y a las llanteras. A la gente le gustó y empezó a conocer el marisco estilo Nayarit. La realidad es que no estaba muy competido lo de los mariscos, había restaurantes y loncheras de Mazatlán, pero eran pocas. Cuando teníamos seis años con la lonchera yo ya había comprado un terreno cerca de los mariscos. A cada rato teníamos problemas con las loncheras porque no querían que vendiéramos en la calle, yo me preparé y llegó un día en que la policía ya no nos dejó. Pusimos la lonchera en el terreno, mesas y jardineras con árboles, la gente llegaba a comer. Con el tiempo pusimos un restaurante y mis hermanos se empezaron a ir por su cuenta. Me traje a otros más chicos y aquí aprendieron, se enseñaban y empezaban en otro lado, ahora todos tenemos restaurantes. Yo hice seis restaurantes aquí, dos de mis hijas ya tienen sus restaurantes cada una, y dos hijos también. Con el trabajo de acá me hice de un hotelito en Guayabitos hace un tiempo; como todos los negocios de México es algo que no te va a dejar mucho. Siempre me ha gustado mucho Rincón de Guayabitos, antes iba y ahí la pasaba. Ahora estoy preparándome para mis últimos años, ya estoy cansado. Es muy probable que en unos años me regrese a Nayarit, tengo mi casa allá, nada más es cuestión de que me quiera seguir mi esposa.”

Alejandro Ramírez
Alejandro Ramírez

Alejandro Ramírez, 61 años
Migrante y restaurantero
Él es #nayaritadelcentenario
(401)

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